Las gotas de
agua caían desde un cielo gris, que apenas dejaba entrever algún que otro rayo
de sol, haciendo que esos pocos haces de luz que sobrepasaban aquellas nubes
tan densas hiciesen de tu rostro algo a lo que mirar, y mirar durante horas.
Caminábamos
cogidos de la mano, corriendo para no mojarnos, aunque nada pudimos hacer ante
esa lluvia que nos sorprendió en aquel bosquecillo a las afueras de la ciudad.
¿Quién lo diría, que con aquel sol que nos acompañó a la subida acabaríamos
corriendo colina abajo huyendo de la lluvia? Ya no podíamos correr más, y fue
entonces cuando encontramos aquella pequeña cabaña medio escondida y cubierta
por un leve manto de hierba. Entramos como pudimos a través de una puerta que
yacía comida por la carcoma. El ambiente olía a humedad, y acompañaba a ese
olor una sensación de desdicha, los dos sabíamos que algo pasaría aquella tarde
lluviosa del mes de noviembre. Encendí mi último cigarrillo, y como sabía que
te molestaba el humo, me salí al quicio de la puerta, casi mojándome pero
viéndote sonreír. Esa dulce sonrisa que tenías, unos labios rojos como la
sangre recién derramada, un rojo tan intenso que era capaz de hipnotizar hasta a la mirada mas
fría.
Decidimos
salir de aquel refugio que habíamos encontrado con algo de suerte, aunque la
desdicha nos perseguía, se respiraba en el ambiente. Caminando colina abajo,
nos encontramos con que el viejo puente que unía las dos orillas se derrumbó
debido probablemente a su vejez. El
caudal de aquel pequeño arroyo casi se había triplicado y su corriente
era capaz de arrastrar consigo al más fuerte de los guerreros. Yo decidido,
haciendo alardes de valentía crucé primero sin vacilar, con la ayuda de una
rama que encontré mientras caminábamos ladera abajo. Una vez en la otra orilla,
te instaba a que cruzases por la zona menos profunda del arroyo, y tú
mostrándome una cara de miedo nunca borraste esa sonrisa de tu cara. Todo
ocurrió en un instante tan fugaz, que ni aunque quisiera recordarlo podría.
Agarrada casi a mi mano, luchando ferozmente por cruzar aquel arroyo, apenas un
milímetro separó la vida de la muerte, un suelo resbaladizo hizo que nuestros
destinos se separasen aquella fatídica tarde de un mes de noviembre. Pude ver
como tus labios, no borraron esa sonrisa que sabías que tanto me gustaba ni aun
cuando ya muerta, la corriente te arrastraba hacia abajo.
Hace hoy apenas un año de aquel fatídico suceso, y no se porque, vuelve a ser hoy, una tarde lluviosa de noviembre cuando decidí a pasear por aquel bosquecillo a las afueras de la cuidad. Nunca olvidaré tantos momentos junto a ti, y tampoco aquella tarde en la que el destino quiso que te separases de mí para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario