El blog

Copia de seguridad de las vivencias de un simple ser humano



miércoles, 8 de agosto de 2012

Gotitas de lluvia

            Las gotas de agua caían desde un cielo gris, que apenas dejaba entrever algún que otro rayo de sol, haciendo que esos pocos haces de luz que sobrepasaban aquellas nubes tan densas hiciesen de tu rostro algo a lo que mirar, y mirar durante horas.
Caminábamos cogidos de la mano, corriendo para no mojarnos, aunque nada pudimos hacer ante esa lluvia que nos sorprendió en aquel bosquecillo a las afueras de la ciudad. ¿Quién lo diría, que con aquel sol que nos acompañó a la subida acabaríamos corriendo colina abajo huyendo de la lluvia? Ya no podíamos correr más, y fue entonces cuando encontramos aquella pequeña cabaña medio escondida y cubierta por un leve manto de hierba. Entramos como pudimos a través de una puerta que yacía comida por la carcoma. El ambiente olía a humedad, y acompañaba a ese olor una sensación de desdicha, los dos sabíamos que algo pasaría aquella tarde lluviosa del mes de noviembre. Encendí mi último cigarrillo, y como sabía que te molestaba el humo, me salí al quicio de la puerta, casi mojándome pero viéndote sonreír. Esa dulce sonrisa que tenías, unos labios rojos como la sangre recién derramada, un rojo tan intenso que  era capaz de hipnotizar hasta a la mirada mas fría.
Decidimos salir de aquel refugio que habíamos encontrado con algo de suerte, aunque la desdicha nos perseguía, se respiraba en el ambiente. Caminando colina abajo, nos encontramos con que el viejo puente que unía las dos orillas se derrumbó debido probablemente a su vejez. El  caudal de aquel pequeño arroyo casi se había triplicado y su corriente era capaz de arrastrar consigo al más fuerte de los guerreros. Yo decidido, haciendo alardes de valentía crucé primero sin vacilar, con la ayuda de una rama que encontré mientras caminábamos ladera abajo. Una vez en la otra orilla, te instaba a que cruzases por la zona menos profunda del arroyo, y tú mostrándome una cara de miedo nunca borraste esa sonrisa de tu cara. Todo ocurrió en un instante tan fugaz, que ni aunque quisiera recordarlo podría. Agarrada casi a mi mano, luchando ferozmente por cruzar aquel arroyo, apenas un milímetro separó la vida de la muerte, un suelo resbaladizo hizo que nuestros destinos se separasen aquella fatídica tarde de un mes de noviembre. Pude ver como tus labios, no borraron esa sonrisa que sabías que tanto me gustaba ni aun cuando ya muerta, la corriente te arrastraba hacia abajo.
                  Hace hoy apenas un año de aquel fatídico suceso, y no se porque, vuelve a ser hoy, una tarde lluviosa de noviembre cuando decidí a pasear por aquel bosquecillo a las afueras de la cuidad. Nunca olvidaré tantos momentos junto a ti, y tampoco aquella tarde en la que el destino quiso que te separases de mí para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario